La producción y el consumo sostenible: su impacto en la calidad de vida

Por Camilo Ángel Díaz Hernández, (ITESM CCM, Ingeniería en Desarrollo Sostenible, 5to. semestre)

Como parte de los efectos del actual modelo económico predominante a nivel mundial, la brecha existente entre ricos y pobres ha aumentado de manera incontrolada. Esto ha llevado a un consumo muy desigual: la quinta parte de la población mundial consume tres veces más que los demás y 16 veces que la quinta parte de la población más pobre. El sistema actual propicia un consumismo masivo, donde la filosofía de usar y tirar ha sido la constante.

Esencialmente, son dos puntos muy importantes en los cuales hay que poner mucha atención. En primer lugar, el estilo de vida consumista no es sustentable, sencillamente porque la totalidad de los recursos con que cuenta la Tierra no son suficientes para que la población en su conjunto pueda vivir de la misma manera. La producción en masa con el enfoque tradicional supone que el capital natural es infinito, lo cual hace que sea un modelo que irremediablemente fracasará. De acuerdo al informe sobre las dimensiones del desarrollo sustentable, publicado por la UNESCO, de 1960 al año 2000 el gasto necesario para mantener una casa tipo se cuadruplicó por la mayor demanda de recursos del humano actual en comparación con la generación anterior (al tiempo que la población también se duplicó). En pocas palabras, tenemos más personas que consumen más, llevando a la consecuencia de que el volumen de los valores financieros es 15 veces el volumen del conjunto de la economía real.

El segundo punto a destacar tiene que ver con que la meta de las economías emergentes es entrar en ese modelo de consumo, pues buscan aumentar el volumen y circulación de sus productos para obtener réditos de sus inversiones. Esto significa que al existir mayor población consumista, las diferencias entre ricos y pobres se acentúan, tal y como ha pasado en los últimos años. Las personas de bajos ingresos dedican la mayor parte de sus ingresos a conseguir alimento, entrando en la espiral de pobreza. Este es el llamado Ciclo de Horwitz, que establece que la relación entre la pobreza y enfermedad comienza en una persona que con bajo salario tiene en su vida una nutrición y vivienda deficientes. Esta situación se agrava porque el individuo carece de una educación que no le permite ampliar sus posibilidades. Su precariedad le conduce a ser susceptible de enfermedades, que se traducen en un bajo rendimiento laboral y a nivel masivo, un gasto en salud pública alto para los gobiernos. El resultado es que, quien cae en esta espiral de pobreza, no encuentra un mejor trabajo y sigue teniendo bajos ingresos, por lo que el ciclo se repite. Si a ello se le aumenta el factor de la degradación de los ecosistemas, y que esa persona es más vulnerable a catástrofes ambientales, el problema toma mayor fuerza.

Ante esta crítica situación, surgieron de manera formal los conceptos de producción y consumo sostenibles en la Cumbre Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo en Río de Janeiro, Brasil, en 1992. El consumo sostenible consiste en analizar las consecuencias del estilo de vida personal sobre el medio local y  global. De esta manera, al estar conscientes de las consecuencias de un consumo desmesurado, el consumo sostenible involucra un menor consumo, particularmente en lo que se refiere a insumos superfluos. Es donde entra un ejercicio ético de conciencia y donde se decide apoyar a quienes promuevan una mayor justicia y cuidado del capital natural, así como la reducción de la brecha social (como en el caso del comercio justo). La población entiende que los recursos son limitados y que consumir más no necesariamente mejora la calidad de vida ni el grado de felicidad. Así pues, lo esencial es cubrir las necesidades básicas, apoyando el resurgimiento de mercados locales y la cooperación para ser una comunidad menos consumista.

El indicador más conocido en esta tendencia del consumo sostenible es la huella ecológica, que puede aplicarse a personas físicas, empresas y lugares. Este indicador calcula el número de hectáreas globales (hectáreas con biocapacidad para dar recursos y degradar desechos) necesarias para mantener cada estilo de vida (de acuerdo a unos datos de consumo proporcionados). Otro indicador importante sobre nuestro consumo de recursos es la relación entre huella ecológica y biocapacidad. Según el informe de Living Planet and Redefining Process[1], estamos un 25% por encima de la biocapacidad. Este es, sin duda, un dato alarmante.

Es entonces cuando las empresas entran en su rol de apoyar este nuevo paradigma, sabiendo que el ir en contra de una producción sostenible involucra la pérdida de muchos apoyos y un gran número de críticas, además de que comprometen su situación a largo plazo por la eventual escasez de insumos. Como resultado, las empresas invierten en nuevas tecnologías, investigación sobre materiales menos nocivos para el ambiente, implementan programas de ecoeficiencia, entre muchas otras acciones diseñadas para responder al reto de la sostenibilidad. Así las cosas, las empresas entienden que el desarrollo sostenible es un problema de optimización de recursos y  valoran a la innovación como algo positivo. Por lo tanto, tanto productores como consumidores se fijan en la cadena de valor y hacen lo posible para gestionar el ciclo de vida de los productos. Se busca pues mayor sinergia entre todos los elementos para mejorar la gestión de los recursos: las empresas dedicadas a actividades primarias, secundarias y terciarias; los consumidores, los gestores de residuos, los educadores, y el gobierno.

El éxito de la alianza se puede ver en una gestión de la demanda y en que los planes de desarrollo social y económico tengan como base el análisis del capital natural existente. La idea en la que se basa el consumo sostenible está en que una vez que se satisfacen las necesidades básicas, un mayor consumo no reporta ningún beneficio. Consumir un bien nos obliga a estar conscientes del proceso de producción y el impacto sobre el ambiente que trajo consigo ese insumo. La gestión de la cadena de valor en los productos es un asunto que requiere enorme responsabilidad y acciones concretas por parte de todos los actores de la comunidad. Toda solución que se logre implementar para una producción y consumo sostenible inicia con un cambio en el pensamiento del ser humano.

Éste y otros temas sobre desarrollo sustentable estarán presentes en la Cumbre de Negocios Verdes, iniciativa del Tecnológico de Monterrey y del Instituto Global para la Sostenibilidad (IGS) que promueve una cultura emprendedora sostenible. Te invitamos a asistir este 19, 20 y 21 de Septiembre del 2012 en el Tecnológico de Monterrey, Campus Ciudad de México. Conoce más de ésta y otras empresas que promueven una Economía Verde. La inscripción es gratuita, regístrate en:

http://negociosverdes.org.mx/es/component/content/article/100